Mi querido ciervo azul

Hacía casi 2 años que trabajaba para una fábrica de denim en el barrio de Flores en Capital Federal, hasta que un día decidí que era el momento de animarme a emprender. 

Pensé, tengo contactos, conocimientos, algo de ahorros y nada de miedo, vale, es el momento! Estaba en pareja, y Juan me acompañó en la aventura, también tenía ganas de independizarse. Yo sé de creatividad y producción, vos sabés de números y administración, ok, hagámoslo. 

El naming siempre me costó un poco, pero es por mi ansiedad. Después de varios nombres que ibamos anotando en cuadernos decidimos llamar a nuestra marca de ropa de hombre: "Blueridge" que significa "Cordillera Azul" en inglés. Ambos amamos la montaña, y más aún al atardecer, cuando baja el sol y se ve un resplandor azul en el horizonte. 

Compramos, recuerdo bien, 3 piezas de algodón 24/1 peinado, bordó, gris melange bien clarito y un color cemento oscuro para remeras, 2 piezas de algodón cuadrillé para las camisas, 1 pieza de gabardina verde musgo para montgomery, y 1 pieza de algodón con frisa azul marino para campera con capucha. Accesorios, moldes y estampas, todo era emocionante. Era la primer vez que comenzaba pequeño pensando en grande. Era un hijo, lo soñamos, le pusimos nombre y lo veíamos crecer. El mundo del emprendedor es hermoso, te cuesta, tenes que ser constante y trabajar duro, pero las satisfacciones son todas tuyas y doblemente hermosas. 

Fer, nuestro tallerista, al que conocí en la fábrica en la que trabajaba antes, fue el valor fundamental de nuestro gran ciervito azul. El,sin pensar en si fabricar 200 prendas le era redituable, nos ayudó por el simple hecho de ser jóvenes emprendedores

Me encontré de repente haciendo TODO, diseño de estampas, moldes, serigrafía, corte, fichas técnicas, web, redes sociales, packaging, campañas de fotos. Una vez me dijo mi hermano Nicolás: si querés emprender no podés encargarte solamente de lo que te gusta, en un principio tenes que ser y hacer TODO. Y así es como no teníamos ni sábados, ni domingos. Así fue como íbamos en bici, en taxi, en colectivo de línea y en autos prestados por nuestros padres a hacer todo lo que nos demandaba nuestro querido ciervo azul. Y entre días estresantes y días en los que vendíamos todo, veíamos crecer nuestra marca, y de 50 remeras en un principio, ya luego fabricábamos 700. 

Blueridge hoy sigue su camino junto a Juan y yo decidí soltarla, pero el amor es el mismo que el primer día, mi marca fue mi gran maestra. 

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